jueves, 4 de septiembre de 2008

Si la historia se repite es una comedia

La complicada y contradictoria problemática de nuestros días se ha visto agravada por el alza impresionante de los productos de la canasta básica. Por más declaraciones demagógicas de los funcionarios del gobierno de que “tendremos una excelente cosecha de granos básicos” y de que los precios “bajarán”, los salvadoreños enfrentan una realidad distinta en los mercados y en los supermercados: con cinco dólares (más de cuarenta colones de aquellos añorados tiempos) apenas alcanza para comprar dos libras de frijoles, dos de maíz, dos libras de tomates, un par de elotes y una libra de azúcar. Los centavos sobrantes para el pago del transporte público.

Un ciclo agrícola mundial deficitario, el abandono del agro nacional, el alto costo de los fertilizantes, la ineficacia de una reforma fiscal más justa y apegada a las necesidades nacionales, el endeudamiento exterior y lo precario de nuestras posibilidades de comercio externo; cada una de esas causas y todas juntas hacen que los precios alcancen niveles nunca conocidos en las crisis del pasado, incluyendo la época del conflicto armado, las sequías, los terremotos y los huracanes.

Y si consideramos que esa ofensiva en el alza es particularmente agresiva en el capítulo de los víveres, encontraremos que la amenaza contra la mayoría de los sectores de la colectividad salvadoreña, sujeta a ingresos fijos, sólo satisfactorios para una muy precaria minoría, configura una innegable situación de emergencia que, por supuesto, pone a prueba la real capacidad y voluntad del régimen arenero para defender los intereses elementales de la población. Hasta hoy, no hemos visto ni comprobado medidas efectivas para salir del atolladero. Se sigue hablando de “la crisis mundial” que nos impacta, de la carestía alimenticia y de la crisis energética. Mientras tanto, que vean los salvadoreños como se las arreglan para evitar que sus hijos se mueran de hambre.

Como siempre ocurre, la elevación de las tarifas del servicio eléctrico, de los precios de los combustibles y el “necesario ajuste” en las tarifas del agua potable (racionada desde hace varios meses en la capital y ausente por semanas en lugares como San José Cortés y San Laureano, a cinco kilómetros de San Salvador, en jurisdicción de Ciudad Delgado), será espléndida oportunidad para que comerciantes e industriales pretendan justificar nuevos y más amenazadores aumentos en el nivel de los precios, aunque la influencia real del alza de los energéticos resulte insignificante en relación con el alza que, complicada convierte en mina de oro y venero de ganancias excesivas las angustias de la carestía, sobre todo en los víveres y en los servicios indispensables.

Esta situación la hemos venido soportando con estoicismo desde hace más de dos años, sin que el gobierno tome las medidas pertinentes a que está obligado no sólo para combatir las causas reales de la inflación, sino la voracidad de los sectores que pretenden convertir en mina de oro la necesidad de los consumidores. Lamentablemente, los regímenes areneros son cómplices de la usura, de la explotación y del mercantilismo. El mismo modelo neoliberal que vienen impulsando desde hace casi 20 años, privilegia la mercancía, el lucro, la ganancia, sobre las necesidades de los seres humanos. El mismo candidato presidencial de Arena, el fracasado ex policía Rodrigo Ávila, habla ahora con cinismo y arrogancia de “construir un país más justo” y de crear empleos para todos los salvadoreños. No lo han hecho cuatro gobiernos de este partido y tampoco lo cumplirá el aspirante, primero porque no ganará las elecciones y segundo porque el sistema anárquico que impulsan no permite la promoción y participación de los salvadoreños en las decisiones que los favorecen o afectan. Es la real esencia de los regímenes neoliberales.

Si este gobierno quisiera en verdad favorecer la economía de los más humildes de este país, hace mucho tiempo que debiera haber regulado el mercado que rompiera, en razón de la emergencia, “la libre empresa” y la libertad de comercio, sacralizadas por quienes de esa divinizada y engañosa libertad obtienen fueros eficaces para lesionar la economía de los sectores mayoritarios. Pero el Estado, lejos de establecer y poner en práctica reglas claras, se ha dedicado a defender y proteger a los grandes capitalistas, así como a las empresas internacionales cómplices en el lucro y las ganancias excesivas. Migajas para Juan Pueblo.

El IRA, uno de los nobles esfuerzos de gobiernos anteriores a Arena en esa indispensable política de regulación de precios y de oportuna acción para remediar, en el vital capítulo de producción, distribución y venta de víveres y leche, las deficiencias o voracidades de una especulación deshumanizada, que sólo atiende al interés fenicio y que provoca o acentúa la escasez y la carestía por obsesiones del lucro indebido, fue suprimido por el gobierno de Alfredo Cristiani, para permitir que los grupos privilegiados, los grandes importadores de leche y otros productos esenciales, se adueñaran del mercado y siguieran acrecentando sus fortunas a costa de la necesidad de los salvadoreños.

Esta es la gran verdad y la historia que pretenden ocultar los actuales funcionarios de Arena. Si aquí no se hubiera abandonada la agricultura, si existiera el IRA, un Banco de apoyo crediticio a los pequeños y medianos agricultores, si funcionara el Centa, las agencias de extensión agrícola y se diera una amplia y permanente capacitación a los hombres del campo, de seguro no estaríamos con esta emergencia nacional y con los precios tan altos de los productos de primera necesidad. Llevar a otro candidato de Arena a la presidencia, premiarlo con tal estímulo, sería pasar la página y repetir una triste historia. Los salvadoreños deben recordar y saber que cuando la historia se repite es una comedia.

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