lunes, 1 de septiembre de 2008

El gobernante que se creyó gigante

Érase una vez un gobernante de un pequeño país, que desde su elección y durante todo su mandato se creyó un gigante, similar a los de la mitología antigua que confiando en sus fuerzas y sus enormes proporciones, osaron desafiar a los dioses quienes finalmente los derrotaron de manera definitiva y humillante.

La creencia de éste gobernador en su presunta grandeza, fue motivada por haber sido elegido con la mayor cantidad de votos emitidos en la historia de aquél país, logrando derrotar a un verdadero coloso de aquellas tierras: el titán de los soñadores y luchadores de legendaria barba blanca; una proeza que años atrás nadie hubiera imaginado por que mientras el coloso luchador enfrentaba las fuerzas oscuras más brutales, el otro, cual bufón imperial, apenas era parte de la industria del entretenimiento dominada por sus amos y señores. La explicación de aquella supuesta hazaña comenzó a surgir años después cuando, sorpresivamente, el censo de población resultó incompatible con el registro de ciudadanos habilitados para el sufragio con una diferencia de más de 600,000 personas.

Los pobladores comenzaron a tomar conciencia de que probablemente no hubo proeza alguna, si no malas artes de prestidigitadores que posiblemente robaron el triunfo de las fuerzas transformadoras.

Pasado el tiempo, el engreído mandatario, hizo crecer aun más su altivez y sus sueños de grandeza, hasta el punto de darse el lujo de imponer a su sucesor, conocido como uno de los más dóciles e ingenuos integrantes de su gabinete, con el propósito de manejarlo a su antojo y seguir gobernando tras el trono con el apoyo de un grupúsculo que le era incondicional.

De esa manera, se asegurarían el disfrute de los grandes privilegios acumulados en menos de un lustro. El afán de llevar hasta las últimas consecuencias ese despropósito, lo condujo a un estado de desesperación que le puso al borde de la locura, ya que la imposición de su capricho, haciendo uso del aparato de gobierno y de la camarilla de incondicionales, le hizo enfrentarse con sus antiguos mandantes: los señores de los grandes capitales y los fundadores de la facción gobernante.

Como expresión de su agobio se le vio en sus últimos días tomar otras erradas decisiones en medio de una de las más grandes crisis sociales y económicas de aquel sufrido pueblo.

Una de ellas fue mentir públicamente a los gobernados cuando dijo que su gobierno entraba a un período de austeridad pero, contradictoriamente, ordenó el despliegue de una de las más grandes y costosas campañas de publicidad donde aparecía con toda su grandeza, con todas las ínfulas de gigante, diciendo que gracias a sus hazañas la patria estaba resguardada del desastre.

También hizo que quienes presumían tener el control de la religión convocarán a grandes ritos en su nombre, para glorificarlo ante lo divino, todo a cambio de concederles privilegios y prebendas a granel.

Desató además una de las más furiosas campañas de desprestigio de sus rivales políticos, echando mano de todos los medios a su disposición, incluyendo el apoyo de gobiernos extranjeros.

En el fondo, el pobre se encontraba en la peor de las angustias por que sabía que, debido al crecimiento del apoyo del pueblo hacia las fuerzas transformadoras de la nación, era muy probable que a él le correspondería el nada honroso sitial de entregar el relevo del gobierno al representante de sus más acérrimos rivales, con lo cual se acreditaría más de una derrota histórica: primero, su facción perdería por primera vez la conducción del gobierno ante sus principales opositores; segundo, perdería el privilegio de utilizar los bienes públicos en beneficio de sus intereses y los de su camarilla; y tercero, lo que más le preocupaba, sus sueños de grandeza se vendrían abajo y volvería a la dura realidad de no ser más que un diminuto gobernante que aprovechó su poder para beneficio propio y de unos cuantos fieles servidores.

Pero su arrogancia fue más fuerte que su miedo y siguió tan empecinado en su empeño, que al final las agrupaciones de su propia facción, se aglutinaron entre ellas, sumaron fuerzas y lo derrotaron a él y a su delfín, el cual fue desplazado del sitio de candidato, atribuyéndole públicamente un mal estado de salud. Impusieron otro aspirante, a quien entregaron todos los privilegios y poderes que el gobernante que se creía gigante había monopolizado.

Sin embargo, la reacción fue tardía y lejos de lograr el apoyo de los pobladores, lo que consiguieron fue un mayor rechazo popular, con lo cual aceleraron la transformación histórica de aquel pequeño pero hermoso país.

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