domingo, 7 de septiembre de 2008

Ecos de la Independecia

En 1807, España pactó con Napoleón para hacer la guerra contra Portugal. Tropas francesas atravesaron la Península Ibérica y fácilmente sometieron a Portugal; pero, en el camino, los franceses fueron ocupando importantes ciudades españolas. Las famosas abdicaciones de Bayona, protagonizadas por Carlos V y su hijo Fernando VII, resultaron en que el 6 de julio de 1808, Napoleón sustituyera a los Borbones por los Bonaparte al coronar rey de España y de las Indias a su hermano José, en pleno estallido de la Guerra de la Independencia.

La población española se rebela, seguida por los portugueses y luego de varias derrotas francesas, una fuerza británica expedicionaria, comandada por quien pronto sería el Duque de Wellington, desembarcó en Portugal en 1808. Más tarde, las tres naciones se unirían contra las fuerzas francesas, en lo que se conoce como la Guerra Peninsular, la cual Napoleón llamó “ulcera española”, y que duraría hasta 1814. El drenaje de recursos franceses, monetarios y humanos, causados por esta guerra, debilitó en gran medida a Francia y finalmente contribuyó a la derrota definitiva de Napoleón en Europa.

La crisis política desencadena por la invasión napoleónica de la Península Ibérica tuvo hondas repercusiones también para la Capitanía General de Guatemala, como para el resto de la América Española. Aunque el Istmo Centroamericano se caracterizaba por su franca comodidad con el gobierno español, las autoridades coloniales y los criollos guatemaltecos (nativos descendientes de españoles) tenían fundados temores de que el movimiento revolucionario bajo la dirección de Hidalgo y principalmente el dirigido por Morelos en el sur de México, se extendiera hasta las provincias centroamericanas.

La Iglesia fue un factor estabilizador importante en la formación colonial. Como tal el peso del clero conservador era decisivo en la antigua Capitanía General de Guatemala. Los fuertes intereses económicos de la iglesia en la región de Guatemala la empujaban a tomar parte en forma abierta en los acontecimientos políticos.

Por su lado, el factor más importante que hacía de la Provincia de San Salvador la parte del Istmo más interesada por la Independencia de España, era el hecho de que esa provincia vivía prácticamente bajo dos dictaduras: la del sistema colonial en general y la de los criollos guatemaltecos en particular. La proximidad geográfica de las dos provincias hacía de El Salvador una víctima fácil de la explotación y arbitrariedades de los criollos guatemaltecos.

La economía salvadoreña sufría la misma crisis que afectaba al resto de las provincias. Los criollos salvadoreños estaban conscientes de sus causas, como también de que en Guatemala se aprovechaban del sistema colonial en beneficio propio, por lo cual allí no progresaría ningún movimiento contra la dominación española.

El 22 de noviembre de 1824, las cinco provincias centroamericanas adoptaron una constitución política que establecía un Gobierno Federal, bajo un presidente y un congreso unicameral, pero delegaba gran parte del poder a los cinco países individuales. Modelado, en parte, en la Constitución española de 1812 (cuyo artífice fue Napoleón) y en la Constitución de los Estados Unidos de América, el documento abolía la esclavitud, garantizaba las libertades individuales (aunque solamente los terratenientes tenían derecho a voto), incluía otras disposiciones liberales, pero reconocía al catolicismo romano como la religión instituida de la República.

Estas disposiciones reflejaban la profunda división entre la élite regional que eventualmente terminaría con la federación. Aun antes de la independencia de España, los criollos de la clase alta, estaban divididos en dos facciones, los conservadores y los liberales. Ambos se disputaban el poder político–económico, y divergían sobre la función del clero católico. Los conservadores normalmente favorecían la estructura tradicional de la sociedad centroamericana, controlada por grandes terratenientes y el poderoso clero católico. Los liberales propugnaban por un gobierno republicano, y un capitalismo de libre mercado, similar al vigente en Europa y los Estados Unidos; pretendían también limitar el papel de la Iglesia y favorecían un sistema de gobierno centralizado, mientras los conservadores apoyaban a la Iglesia y a un sistema de gobiernos individuales y fuertes.

Pronto surgieron conflictos entre liberales y conservadores en los países individuales y entre los Estados de la federación. Estos conflictos se profundizaron por las antiguas rivalidades regionales. Por ejemplo, Guatemala se convirtió en el centro del poder conservador, mientras El Salvador, que durante años había resentido el dominio de la capital colonial, fue la base del liberalismo.

En Nicaragua, la conservadora Granada luchó acerbamente contra León, sede del liberalismo nicaragüense, hasta caer en un estado de completa anarquía, a grado que El Salvador tuvo que despachar al general Manuel José Arce al mando de quinientos soldados salvadoreños, para “pacificar Nicaragua”.

El dictador guatemalteco José Rafael Carrera (1814 – 1865) luchó contra el liberal Francisco Morazán, presidente, de 1830 a 1840, de la República Federal de Centroamérica y como líder de las fuerzas insurgentes, contribuyó a la destrucción de la Federación al separar a Guatemala de la unión. A partir de entonces, se convirtió en férreo dictador, gobernando con el apoyo de los grupos conservadores y clericales, hasta su muerte. Carrera se vio involucrado en dos guerras contra El Salvador en 1850–1853 y en 1863. Esta última fue factor en el derrocamiento del presidente liberal Gerardo Barrios y en el nombramiento, el 10 de julio de 1863, en Santa Ana, del Lic. Francisco Dueñas como presidente provisorio del Estado, quien compartía la ideología conservadora del guatemalteco Carrera.

La emergencia del estado liberal en Centroamérica durante el siglo XIX promovió el surgimiento de dos élites separadas. Estas, si bien diferentes, a menudo colaboraban entre sí. Una de ellas, compuesta de familias nativas e inmigrantes, desarrolló la exportación de café de alta calidad al mercado mundial. Aunque la producción de café en Centroamérica empezó bajo los gobiernos conservadores, se le ha identificado a menudo con el estado liberal en la última parte del siglo XIX. Los estados liberales que se establecieron después de la muerte de Rafael Carrera en 1865, de hecho, alentaron grandemente y favorecieron a los cafetaleros, quienes a menudo estaban detrás de las revoluciones que restituyeron el poder a los liberales.

La primera de estas élites formó redes familiares y círculos con intereses afines, que vinieron a dominar los estados centroamericanos a través de dictadores militares, si bien no siempre impuestos por ellos, pero sí mimados, estimulados y apoyados, siempre y cuando se respetaran sus patrimonios. La élite estaba integrada tanto por viejas familias establecidas, las cuales, a veces, no eran muy adineradas, como por inmigrantes ligados a ella por medio de matrimonio, ideológicamente más progresistas que los aristócratas antiguos. La élite estaba dividida en su propensión a nuevas ideas y sobre todo a la apertura de la economía a la influencia y comercio extranjeros. Este conflicto fue claramente uno de los elementos más divisivos entre los conservadores del siglo XIX -más xenófobos y tradicionalistas en sus actitudes económicas- y los liberales, quienes buscaron incorporar a Centroamérica al mundo capitalista exterior, claramente influenciados por la empresa extranjera que jugó un papel principal en este desarrollo.

La otra élite, compuesta de corporaciones extranjeras, particularmente de los Estados Unidos, desarrolló plantaciones bananeras en las tierras bajas de las costas de todos los países centroamericanos, con excepción de El Salvador, así como una gama amplia de industrias auxiliares e infraestructura, sobre todo ferrocarrilera. Esta élite permanecía por la mayor parte fuera de la sociedad interna de Centroamérica, pero la "diplomacia del dólar" se hizo sentir –incluyendo en El Salvador- a través de incentivos económicos y de la gran influencia política en los estados centroamericanos, con el apoyo del establecimiento norteamericano diplomático y militar. Sin duda, Estados Unidos consideraba al Caribe y Centroamérica su área de influencia natural, la que luego llamarían, más brutalmente, el "traspatio" del país.

Mientras que las dos élites estaban a menudo aliadas contra los intereses de las clases media y baja en la participación política y la distribución de la riqueza, individualmente representaban intereses muy distintos. En el siglo veinte la élite local inculparía con frecuencia a las fruteras norteamericanas de ser responsables de los problemas socio-económicos. Por su lado, las compañías bananeras planteaban un modelo de desarrollo capitalista moderno que los nacionales no podían emular. Los dos tuvieron un efecto poderoso en la historia de la región a lo largo del siglo pasado; ambos compartieron la responsabilidad de haber incorporado a Centroamérica como una parte integral de la economía internacional. Los dos también tuvieron responsabilidad compartida por el fracaso de la agenda económica liberal para proporcionar prosperidad más general, conduciendo (con la ayuda de intereses foráneos) a las severas dislocaciones socio-económicas y políticas que tan amargamente recordamos los salvadoreños.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Si la historia se repite es una comedia

La complicada y contradictoria problemática de nuestros días se ha visto agravada por el alza impresionante de los productos de la canasta básica. Por más declaraciones demagógicas de los funcionarios del gobierno de que “tendremos una excelente cosecha de granos básicos” y de que los precios “bajarán”, los salvadoreños enfrentan una realidad distinta en los mercados y en los supermercados: con cinco dólares (más de cuarenta colones de aquellos añorados tiempos) apenas alcanza para comprar dos libras de frijoles, dos de maíz, dos libras de tomates, un par de elotes y una libra de azúcar. Los centavos sobrantes para el pago del transporte público.

Un ciclo agrícola mundial deficitario, el abandono del agro nacional, el alto costo de los fertilizantes, la ineficacia de una reforma fiscal más justa y apegada a las necesidades nacionales, el endeudamiento exterior y lo precario de nuestras posibilidades de comercio externo; cada una de esas causas y todas juntas hacen que los precios alcancen niveles nunca conocidos en las crisis del pasado, incluyendo la época del conflicto armado, las sequías, los terremotos y los huracanes.

Y si consideramos que esa ofensiva en el alza es particularmente agresiva en el capítulo de los víveres, encontraremos que la amenaza contra la mayoría de los sectores de la colectividad salvadoreña, sujeta a ingresos fijos, sólo satisfactorios para una muy precaria minoría, configura una innegable situación de emergencia que, por supuesto, pone a prueba la real capacidad y voluntad del régimen arenero para defender los intereses elementales de la población. Hasta hoy, no hemos visto ni comprobado medidas efectivas para salir del atolladero. Se sigue hablando de “la crisis mundial” que nos impacta, de la carestía alimenticia y de la crisis energética. Mientras tanto, que vean los salvadoreños como se las arreglan para evitar que sus hijos se mueran de hambre.

Como siempre ocurre, la elevación de las tarifas del servicio eléctrico, de los precios de los combustibles y el “necesario ajuste” en las tarifas del agua potable (racionada desde hace varios meses en la capital y ausente por semanas en lugares como San José Cortés y San Laureano, a cinco kilómetros de San Salvador, en jurisdicción de Ciudad Delgado), será espléndida oportunidad para que comerciantes e industriales pretendan justificar nuevos y más amenazadores aumentos en el nivel de los precios, aunque la influencia real del alza de los energéticos resulte insignificante en relación con el alza que, complicada convierte en mina de oro y venero de ganancias excesivas las angustias de la carestía, sobre todo en los víveres y en los servicios indispensables.

Esta situación la hemos venido soportando con estoicismo desde hace más de dos años, sin que el gobierno tome las medidas pertinentes a que está obligado no sólo para combatir las causas reales de la inflación, sino la voracidad de los sectores que pretenden convertir en mina de oro la necesidad de los consumidores. Lamentablemente, los regímenes areneros son cómplices de la usura, de la explotación y del mercantilismo. El mismo modelo neoliberal que vienen impulsando desde hace casi 20 años, privilegia la mercancía, el lucro, la ganancia, sobre las necesidades de los seres humanos. El mismo candidato presidencial de Arena, el fracasado ex policía Rodrigo Ávila, habla ahora con cinismo y arrogancia de “construir un país más justo” y de crear empleos para todos los salvadoreños. No lo han hecho cuatro gobiernos de este partido y tampoco lo cumplirá el aspirante, primero porque no ganará las elecciones y segundo porque el sistema anárquico que impulsan no permite la promoción y participación de los salvadoreños en las decisiones que los favorecen o afectan. Es la real esencia de los regímenes neoliberales.

Si este gobierno quisiera en verdad favorecer la economía de los más humildes de este país, hace mucho tiempo que debiera haber regulado el mercado que rompiera, en razón de la emergencia, “la libre empresa” y la libertad de comercio, sacralizadas por quienes de esa divinizada y engañosa libertad obtienen fueros eficaces para lesionar la economía de los sectores mayoritarios. Pero el Estado, lejos de establecer y poner en práctica reglas claras, se ha dedicado a defender y proteger a los grandes capitalistas, así como a las empresas internacionales cómplices en el lucro y las ganancias excesivas. Migajas para Juan Pueblo.

El IRA, uno de los nobles esfuerzos de gobiernos anteriores a Arena en esa indispensable política de regulación de precios y de oportuna acción para remediar, en el vital capítulo de producción, distribución y venta de víveres y leche, las deficiencias o voracidades de una especulación deshumanizada, que sólo atiende al interés fenicio y que provoca o acentúa la escasez y la carestía por obsesiones del lucro indebido, fue suprimido por el gobierno de Alfredo Cristiani, para permitir que los grupos privilegiados, los grandes importadores de leche y otros productos esenciales, se adueñaran del mercado y siguieran acrecentando sus fortunas a costa de la necesidad de los salvadoreños.

Esta es la gran verdad y la historia que pretenden ocultar los actuales funcionarios de Arena. Si aquí no se hubiera abandonada la agricultura, si existiera el IRA, un Banco de apoyo crediticio a los pequeños y medianos agricultores, si funcionara el Centa, las agencias de extensión agrícola y se diera una amplia y permanente capacitación a los hombres del campo, de seguro no estaríamos con esta emergencia nacional y con los precios tan altos de los productos de primera necesidad. Llevar a otro candidato de Arena a la presidencia, premiarlo con tal estímulo, sería pasar la página y repetir una triste historia. Los salvadoreños deben recordar y saber que cuando la historia se repite es una comedia.

lunes, 1 de septiembre de 2008

El gobernante que se creyó gigante

Érase una vez un gobernante de un pequeño país, que desde su elección y durante todo su mandato se creyó un gigante, similar a los de la mitología antigua que confiando en sus fuerzas y sus enormes proporciones, osaron desafiar a los dioses quienes finalmente los derrotaron de manera definitiva y humillante.

La creencia de éste gobernador en su presunta grandeza, fue motivada por haber sido elegido con la mayor cantidad de votos emitidos en la historia de aquél país, logrando derrotar a un verdadero coloso de aquellas tierras: el titán de los soñadores y luchadores de legendaria barba blanca; una proeza que años atrás nadie hubiera imaginado por que mientras el coloso luchador enfrentaba las fuerzas oscuras más brutales, el otro, cual bufón imperial, apenas era parte de la industria del entretenimiento dominada por sus amos y señores. La explicación de aquella supuesta hazaña comenzó a surgir años después cuando, sorpresivamente, el censo de población resultó incompatible con el registro de ciudadanos habilitados para el sufragio con una diferencia de más de 600,000 personas.

Los pobladores comenzaron a tomar conciencia de que probablemente no hubo proeza alguna, si no malas artes de prestidigitadores que posiblemente robaron el triunfo de las fuerzas transformadoras.

Pasado el tiempo, el engreído mandatario, hizo crecer aun más su altivez y sus sueños de grandeza, hasta el punto de darse el lujo de imponer a su sucesor, conocido como uno de los más dóciles e ingenuos integrantes de su gabinete, con el propósito de manejarlo a su antojo y seguir gobernando tras el trono con el apoyo de un grupúsculo que le era incondicional.

De esa manera, se asegurarían el disfrute de los grandes privilegios acumulados en menos de un lustro. El afán de llevar hasta las últimas consecuencias ese despropósito, lo condujo a un estado de desesperación que le puso al borde de la locura, ya que la imposición de su capricho, haciendo uso del aparato de gobierno y de la camarilla de incondicionales, le hizo enfrentarse con sus antiguos mandantes: los señores de los grandes capitales y los fundadores de la facción gobernante.

Como expresión de su agobio se le vio en sus últimos días tomar otras erradas decisiones en medio de una de las más grandes crisis sociales y económicas de aquel sufrido pueblo.

Una de ellas fue mentir públicamente a los gobernados cuando dijo que su gobierno entraba a un período de austeridad pero, contradictoriamente, ordenó el despliegue de una de las más grandes y costosas campañas de publicidad donde aparecía con toda su grandeza, con todas las ínfulas de gigante, diciendo que gracias a sus hazañas la patria estaba resguardada del desastre.

También hizo que quienes presumían tener el control de la religión convocarán a grandes ritos en su nombre, para glorificarlo ante lo divino, todo a cambio de concederles privilegios y prebendas a granel.

Desató además una de las más furiosas campañas de desprestigio de sus rivales políticos, echando mano de todos los medios a su disposición, incluyendo el apoyo de gobiernos extranjeros.

En el fondo, el pobre se encontraba en la peor de las angustias por que sabía que, debido al crecimiento del apoyo del pueblo hacia las fuerzas transformadoras de la nación, era muy probable que a él le correspondería el nada honroso sitial de entregar el relevo del gobierno al representante de sus más acérrimos rivales, con lo cual se acreditaría más de una derrota histórica: primero, su facción perdería por primera vez la conducción del gobierno ante sus principales opositores; segundo, perdería el privilegio de utilizar los bienes públicos en beneficio de sus intereses y los de su camarilla; y tercero, lo que más le preocupaba, sus sueños de grandeza se vendrían abajo y volvería a la dura realidad de no ser más que un diminuto gobernante que aprovechó su poder para beneficio propio y de unos cuantos fieles servidores.

Pero su arrogancia fue más fuerte que su miedo y siguió tan empecinado en su empeño, que al final las agrupaciones de su propia facción, se aglutinaron entre ellas, sumaron fuerzas y lo derrotaron a él y a su delfín, el cual fue desplazado del sitio de candidato, atribuyéndole públicamente un mal estado de salud. Impusieron otro aspirante, a quien entregaron todos los privilegios y poderes que el gobernante que se creía gigante había monopolizado.

Sin embargo, la reacción fue tardía y lejos de lograr el apoyo de los pobladores, lo que consiguieron fue un mayor rechazo popular, con lo cual aceleraron la transformación histórica de aquel pequeño pero hermoso país.